16 enero, 2008

Mentiras De Aquellas

Define el DRAL mentira como aquella 'Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa'. Falacia, en cambio, es 'Engaño, fraude o mentira con que se intenta dañar a alguien'. Cuando estaba en la Universidad, mi profesor de filosofía y lógica -mal llamado por muchos como 'el cura Dóriga'- distinguía, basado no sé en qué apoyo pero con bastante propiedad, que una falacia era una propuesta lógica que carecía de la intención expresa de desvirtuar la verdad que sí tenía toda mentira. Desde ahí me quedé con esa especie de inquietud acerca de las mentiras, la cual resucito en la fecha gracias a que (1) la falta de tiempo para postear me está arrinconando y entiendo que hay quienes acuden sistemáticamente a esta página para ver si colgué algún nuevo dislate, y (2) los recuerdos infantiles parecen ser siempre los más fácilmente manipulables a fin de rescatar eso que no se quiere perder de la memoria.
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De todos modos, esto que cuento tiene que ver con mentiras que escuché, me contaron o me dijeron cuando yo era chico. Todas, por cierto, fueron expresadas de viva voz por niños que entonces tenían mi edad, con lo cual aquello de la intencionalidad o el propósito de dañar a alguien -según rezan las definiciones- podría descartarse de plano, reivindicando mas bien aquella permanente intención que alguna vez tuvimos todos los niños (algunos más que otros) de impresionar al auditorio. By the way, cual émulo de George Washington en su anécdota de quién cortó el árbol (favor no confundir aquí con el pacharaco bestseller '¿Quién Se Ha Llevado mi Queso?'), cuando fui chico y hasta hoy he procurado decir la menor cantidad de mentiras posibles, instrucción que escrupulosamente estoy transmitiendo a Santiagazo, no solamente porque es sumamente gratificante hablar siempre con la verdad (como diría Toro respecto del Llanero Solitario, '¡Kemosabay habla con lengua de verdad!') sino porque es especialmente feo que le pesquen una mentiraza y acuíjjj, lo cachen a uno en la movida (como diría El Viejo Dientes de Tiburón, jefe de Capulina antes que éste fuera millonario).
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Para no imbuirlas de carga emocional ninguna, he aquí ocho de las más descabelladas cosas que me dijeron u oí cuando niño, y que se han quedado a vivir entre los recuerdos que cuento como más queridos:
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a) En alguna película de matinée en el Cine Chincha, Alfredo, Chicho y yo, y en la fila inmediatamente anterior un chico algo mayor de nuestro colegio, con su hermano menor, viendo una película en la que unos personajes, minimizados gracias a un portentoso y complejo rayo, se introducían en el torrente sanguíneo de un paciente. El hermano menor (al ver unas formas redondas, inmensas y rojas que parecían flotar en el plasma): '¡Asu!... Y esas cosas, ¿qué son?'. La respuesta contundente y cargada de una ignorancia laposa y bastante falaz: 'Son glóbulos: ¡los glóbulos de las glándulas!'. [Alfredo aún se debe acordar del preciso nombre de los protagonistas]
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b) En el mismo Cine Chincha, en otra matinée, con amigos del mismo segundo o tercer año. Uno de los amigos, respecto de un primo que vivía por el Pasaje Santa Rosa, a quien admiraba: 'Mi primo José Luis me cóntó una vez que estaba en el cine cuando hubo un temblor. Se quedó esperando a ver qué pasaba y de la película empezaron a salir corriendo los romanos y después de ellos salieron corriendo Batman, Robin, Hércules, Superman y todos los otros que viven detrás de la pantalla...'. [Como diría Spock, '¡Fascinante!']
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c) Camino a Ica, con el Doc manejando y toda la familia en el Oldsmobile azul. Pregunto: 'Papi, ¿no es cierto que en Kryptón todos los perros son blancos y vuelan?...'. Respuesta algo falaz y bastante piadosa: 'Sí, hijo, todos los perros en Kryptón son blancos, pero acuérdate que sólo vuelan cuando la gravedad aquí en la Tierra se los permite.' [¡Gracias Doc, por no quebrar la ilusión!]
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d) De regreso de Ica, por el tablazo de Paracas, mi hermano Chicho: 'Alo... ¿y esas cosas que parecen cabezas, qué són?' (mirando hacia los domos de arena en todo el tablazo, los que parecían tener forma de un torso que culminaba en un penacho hirsuto de hierba gruesa). Respuesta imaginativa y nada mentirosa: '¿Te acuerdas ese episodio de Flash Gordon en el que los Hombres de Arcilla salían de las paredes de las cuevas, porque estaban hechos del mismo material? ¿Sí? Pues a lo mejor esas cosas son hombres prehistóricos que en cualquier momento pueden salir, como un ejército...' [Solución militarizable, ahora que se nos viene Chile por el diferendo marítimo]
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e) Historia escuchada a un amigo, frisando los seis, en corrillo en la chacra de su padre: 'Mi papá tiene unos largavistas buenazos. Me dijo que la vez pasada que se iba a Lima, usó sus largavistas para mirar al cielo ¡y justo vio cuando pasaba una bruja volando en su escoba!...' [Me dio miedo cuando lo escuché, pero la vida tomó venganza por su cuenta y riesgo: el autor está encausado por violín con menor de edad y se juega una cadena perpetua... ¡santas brujas, Batman!]
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f) Igualmente, alrededor de los cinco o seis, cuando los Mustangs '67 hacían furor en las pistas, urbi et orbi. El padre de uno de mis compañeros de clase, favorecido por ignota divinidad, tuvo en suerte adquirir uno; este chico contaba que cuando regresaban desde Lima, él quiso echar por la ventana una hoja de papel, por lo que el padre lo reprendió: '¡Alfonso, no hagas eso! ¿No ves que estamos yendo a doscientos por hora? ¡A esta velocidad si esa hoja te da al través, sería capaz de cercenarte completamente la mano!...' [El padre de este amigo aún vive y todavía es recordado por andar con siempre novedosos gadgets]
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g) La consabida historia de nuestro queridísimo y siempre genial Duccio no la escuché yo de primera mano, pero fue repetida hasta el cansancio por cuanto chinchano de mi generación la escuchó en esos años de chiquititud. Decía Duccio que una vez, rodando con su camioneta por la Bajada de La Perla, sintió que una de sus ruedas había perdido por completo los pernos y que se salía del eje; lo que sí, realmente se preocupó de la estabilidad de su vehículo a la velocidad que llevaba cuando vio que la rueda lo iba adelantando en la bajada por varios cuerpos. Fiel a su estilo certero y con los nervios a todo temple, Duccio cuenta que calculó la trayectoria de la rodante que ya se el iba y, con el carro sostenido acrobáticamente en las otras tres ruedas, condujo temerariamente por tensos y escalofriantes segundos hasta que pudo por fin embocar nuevamente la rueda en su lugar hasta finalmente detenerse, incólume, llegando a la entrada a Las Totoras. [El tiempo demostró que las proezas de Duccio han sido espléndidamente más grandes que esa minucia saltimbanqui y automotriz: el recuento de algunas de ellas acaso insuma varios tomos del ancho de la guía telefónica de Ciudad de México, villa en la que alguna vez Duccio tuvo ocasión de visitar y conocer al mismo, ¡oe!, Blue Demon en persona, quien le retó a amical y risueño infighting de tres rounds en la propísima Arena México, encuentro del que salió previsible vencedor por puntos, como no pudo ser de otra manera]
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h) Ésta es la final y ocurrió en alguna tarde de verano, cuando Alfredo y yo fuimos a visitar a los Herrera, quienes estudiaban en los mismos grados que nosotros. El hermano mayor (que resultara ser luego íntimo amigo de mi cumpa, Goldinho), asiduo estudioso de historia, astronomía y demás ciencias que moran en las enciclopedias, exhibió con profusión de pruebas las razones por las que él afirmaba que la Tierra, durante los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial y como consecuencia de la gran cantidad de residuos metálicos producida por la hecatombe, ¡tuvo anillos como los de Saturno!. El número -decía- fue indeterminado entre cuatro y cinco, pero que los tuvo, sí, los tuvo. 'Afortunadamente -añadió- el tiempo se ha encargado de borrarlos, porque sino ¡imagínense!, ¡los problemas que tendrían las naves espaciales para poder salir de nuestra atmósfera!' [Digo... ¿no habrá sido que el Apolo XIII en realidad rozó con parte de alguno de los anillos aún sin disolver, acarreando toda esa odisea espacial llevada al cine y que tenía como navegante al propio Forrest Gump?]
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Seguramente todas las mencionadas ni tuvieron aviesa intención ni mayor consecuencia que haberme marcado risueñamente la vida. En todo caso, no fueron tan malintencionadas como las así llamadas 'Sorpresas' (cajitas mal empacadas de rojo cartón basto) y que traían por regla general una peliculina (chambona mutilación de una película de cine), una figurita y a veces un soldadito de plástico, las que mis hermanos y yo adquiríamos al exorbitante precio de un Sol en la carreta de golosinas que se ponía en la esquina de la calle Callao. A ese precio, no sólo mentira era: ¡tremenda estafa, carajo!

5 comentarios:

Anónimo dijo...

La mentira entra a tus oidos como verdad hasta que tu cerebro la analiza...a menos que te guste el cuentazo y te la quieras creer.Por eso solo miento cuando quiero que alguien piense.

HPF

Anónimo dijo...

Una mujer abandonada por su marido me comentaba que le habia dicho a su hijo desde los 3 años que su papá vivia en Africa y que se dedicaba a hacer miles de sillas para todo el continente. Hoy el niño tiene casi 7 años y el cuentito le empieza a sonar un tanto extraño.
Ante este relato,le pregunte a esta mujer cuarentona, ¿porqué Africa? y con una sonrisa de oreja a oreja me dijo...Ay, Srta fue el lugar más lejos que pense.

Anónimo dijo...

Buen método, HPF, aquel de decir mentiras para que el interlocutor piense. Supongo que cuando uno es niño obedece más a los dictados de la credulidad antes que a la razón, y supongo que ha sido por eso que recién hasta hoy me he dado cuenta de todo esto que cuento eran falacias (para decirlo de un modo optimista).

Y bonita anécdota la de África, cara Anónima. Por cierto, hoy escuché en las noticias matinales que los nombres de quienes incumplan con pagar las pensiones alimenticias de sus hijos -habiendo dictamen judicial de por medio- serán publicados para que el ojo público los señale. Habría que ver si es que el señor que se fue a África a hacer sillas está cumpliendo o no con la pensión... ¡a lo mejor cualquier día de estos nos enteramos de su nombre!

Gracias por comentar.

Anónimo dijo...

Descubri su pagina por pura metida de pata (accidente) y la verdad desde ese inolvidable dia me gusta mucho leerlo.Disculpe mi falta de acentos, pero mi teclado no me lo permite.
Espero que escriba pronto...lo estare esperando.
HPF y cara anonima

Anónimo dijo...

Hay algunas mentiras en nuestra infancia, que aunque nos parecen increibles cuando crecemos, se impregnan en nuestra memoria para siempre.Buen relato Sr.