16 mayo, 2008
15 mayo, 2008
"Cumbres Nevadas, Ríos, Quebradas..."
.El lector que ponga un tantitttt-to de atención a la foto se dará cuenta de que ilustra al Kilimanjaro, con lo que la mente agilita -malgrado el evidente sobrepeso- asociará con la película de Gregory Peck 'Las Nieves del Kilimanjaro' y de ahí nomás se le ocurrirá por asociación de ideas aquello de 'Tengoelorgúllodeserperuanoysoyfeliz...' hasta llegar a la ex-trofa de 'Cumbresnevaadas, ríosquebradas, esmiPerúuuuuu'.
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(A eso quería llegar, a las cumbres y la cnnnn...)
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Es que quienes viven fuera (83.276% de la miríada de lectores de este blog), o como diría un cariñoso amigo de mi cumpa (que por esas cosas del destino, en el que él cree a veces, cuando se pone romanticón) "Para quienes vivan fuera, un Hospital Tipo IV es..." (¡oñoñoy!) se habrán podido enterar de que en estos precisos días se celebra en Lima la primera de las dos grandes Cumbres internacionales de las que será el Perú anfitrión este año (por favor, lectores peruanos que viven fuera, acá siempre se va a decir 'el Perú' y no 'Perú', que es como a la primera que pueden se mandan a decir, por aquello de la hipercorrección lingüística que les ataca nomás desembarcando en el aeropuerto de Miami, de modo casi tan inmediato como aquello de sustituir nuestro peruanísimo '¿Aló?' por un cabrísimo 'Hello?').
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Precisamente... Como consecuencia de la perpetua exageración (¡carajo!) con la que los Policías de esta parte del camino se toman a pecho la cuestión (más exagerados que el propio Dr. Evil) se ha cerrado el vital zanjón de Javier Prado frente al Museo de la Nación, generando un caos tan descomunal, inédito desde el tiempo en que Moisés dijo 'Síganme los buenos' y los trescientos cuchumil baisanos se le agolparon en la puerta de Memphis (o Tebas, o whatever) con carretillas, bacinicas y suegras más, para ganar el desierto. ¡Horroroso! Resulta, pues, que la cantidad de visitantes es tan grande para estas tres veces maltratada villa que hubo que comprar como doscientos patrulleros nuevos, parchar la mitad de las avenidas (otros tantos descomunales atoros, que comenzaron hace ya semanas). O sea, en castellano, Lima luce ahora más o menos como lucía Florentino Ariza (se ve que es de mis personajes favoritos) cuando sale, ya antañón, a hacer el crucero con su amada Fermina Daza con sus pantalones blancos flamantísimos, sostenidos por una vieja y cuarteada correa de cuero. A más de ello, se ha trancado varias manzanas (no una, varias manzanas) alrededor de algunos hoteles cinco estrellas en previsión de riesgos. Pero bueno... en razón de ello y de que el Gobierno declaró a propósito uno de esos feriados optativos (casi nada funciona, ni bancos, ni muchas tiendas), hoy Lima está casi vacía (vacida o sólida, como diría mi paisano de Grocio Prado) y es un verdadero placer andar en auto por ella.
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Un verdadero placer hasta que ocurre lo siguiente: viene uno andando en su camioneta all-wheel-drive pobre pero honrada (ya tiene sus añitos, pero se procura que siempre esté chillantay) por la descongestionada Avenida Comandante Espinar en sentido oeste / este y en eso que aparecen desde el Óvalo Gutiérrez cinco patrulleros con las luces encendidas y las luminarias en cimbreante rojo y azul haciendo un áua-áua ensordecedor, flanqueadas por dieciocho motos Honda que atraviesan contra el tránsito en dirección a la Subaru (honradísima y gris, insisto) y que le piden que se detenga, con gestos enérgicos e inapelables. Entonces uno dice 'Huy, curuju, ¿qué ha pasado aquí...?, ¿otras Torres Gemelas en ciernes?...' y mientras uno se pone callada y peruanamente de ladito (o sea, como alguna vez dijo El Papi, con esa humildad que encomian los entrenadores de fútbol argentinos que llegan a dirigir equipos de primera: "Me gusta trabajar con peruanos porque son humilditos...") , rauda pasa la comitiva de alguien súper-súper importante.
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(¿Y quién era, Metrónomo?, ¡cuenta 'pe!)
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("A eso voy..." como diría Javier Cáceres)
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En un lustroso Mercedes negro de lunas polarizadas y blindado, andando a ochocientos kilómetros por hora (misma Léidi Di, antes-de) pasaba uno de los dignísimos dignatarios que nos visitan en estos días. A juzgar por las banderitas que adornaban el frontis del Meche, se trataba nada menos que el máximo representante de un país al cual nos unen imperecederos y firmes lazos de amistad, tradición y, en estos globalizados tiempos, una sólida, intensa e insustituible relación comercial. Las banderitas, dicho sea de paso, jamás estuvieron en ninguno de los educativos álbumes 'Países & Banderas del Mundo' de Editorial Navarrete (los cuales llené escrupulosamente con esfuerzo digno de mejor causa) porque el país al que me refiero debe datar apenas de hace unos diez años, cinco más de lo que le tomó ser admitido como vagón de cola de la OTAN y miembro pleno (plenamente misio) de la Unión Europea. Se trata de ese país, tan gravitante sobre nuestro cotidiano quehacer y, sobre todo, para nuestro futuro indoamericano y ya no tan tercermundista, llamado Eslovenia. (No es milonga: ¡Eslovenia!, o como me preguntaría Dary hace unos minutos, 'Sr. Carlos, ¿qu'es eso? ¿es un país? ¿dónde queda?...'). Me fijo que el buen presidente (o presidenta, o primer ministro, lo que fuera) esloveno podrá contar a su regreso al país de sus fríos la deferencia con la que fue tratado a su arribo a este jardín del otro lado del Atlántico, en donde la gente es tan respetuosa de las instrucciones policiales, en la que circulan poquísimos carros (pobres pero honrados) y que el tránsito se abre al considerado paso de tan vital dignatario, ditto, como cuando Moisés abrió el Mar Rojo, en diligente (y eso sí, lastimosamente) bulliciosa comitiva.
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Mientras la caravana desaparecía algunos segundos después, empequeñeciéndose las rutilantes luces en mi espejo retrovisor, hinché el pecho de orgullo de haber puesto mi humildito granito de arena para el engrandecimiento de nuestra patria (esta querida cuna de uno de los más sabrosos aguardientes de uva, del internacional caballo de paso, de una singularísima cueca que cambia de nombre, de la chalacas no chilenas y de las polladas) al facilitar la presencia de tan elevado dignatario en su incontrastable asistencia a esta decisiva Cumbre, en la que con toda certeza se discutirán temas tan vitales como relevantes para cambiar drásticamente y de inmediato la vida toda del humilde peruano de a pie (o de all-wheel-drive, en el mejor de los casos).
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Justo en que los mil autos terminaban de pasar, de casualidad en el radio del taxi Toyota station-wagon-blanco-timón-cambiado (de rigor) que se había detenido junto a mí en toda esta turbamulta, sonaba 'Radio San Borja' con las sagradas notas de la canción compuesta por Manuel 'Chato' Raygada, que viene a ser como un segundo himno patrio (y nombre de varios restaurants allá en el Quinto Suyo, según sé). Emocionadísimo y al borde de las lágrimas tanto por la Cumbres como por los indisolubles lazos con tan entrañable y hermana República a todo pulmón me mandé con un 'Tengo el orgullo de ser peruano y soy felíiiiiiiiiizzzzz...' que debe haberse oido en la propia Ljubliana (ciudad capital de la hermana república, la cual -aprovechando el pánico- deberíamos hermanar prontamente con Lima, para aprovechar todo el savoir faire de ellos, tan europeos y tan condenadamente cultitos).
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¡Y que viva el Perú con todas sus nevadas cumbres, caaaaaaracas!
12 mayo, 2008
Like A Box Of Chocolates

(De 'El Nuevo Día' de Puerto Rico, 11.May.08)
Forrest creció y a estas alturas, debe ser exactamente 1.38 veces lo huevón que pinta la película.
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Michael Conner Humphreys debutó en la pantalla al interpretar el papel del pequeño Forrest Gump. Humpreys se unió al Ejército y fue destacado a Irak hasta el próximo 14 de Junio, luego de lo cual acaso intente nueva suerte en el cine. Humphreys recuerda que trabajar en “Forrest Gump” fue una gran experiencia y recuerda con cariño a Hanks y Sally Field, quien interpretó a su madre: “Ambos fueron excelentes personas, tal como uno esperaría (al abrir una caja de chocolates)”, (el añadido entre paréntesis es mío); tras “Forrest Gump” decidió no hacer carrera como actor porque deseaba seguir en la escuela, viviendo al sur de Estados Unidos. "Shit happens...", acotó con marcado acento sureño y una sonrisa que emulaba con precisión la de su ídolo de infancia, Gomer Pyle.
26 abril, 2008
Memorias De Davicito -Más Conocido Como ‘El Rocanrolero’-
(Fragmento, Cap. XVI)
… Era cuando mi madre me untaba con árnica los chalazos que me salían cuando se me daba por mirar a los perros tirando en el parque. Pero eso era nada, porque ella -tras cortarme los uñeros y frotarme los juanetes con piedra pómez, a la que ella llamaba pómex, con equis- tenía que rasparme el ojo’e gallo que me salía en la planta del pie derecho y luego me ponía un callicida que era mundial. Las manos era más fácil, porque rara vez me salían sietecueros y después de esa maniquiú -así también decía ella, dizque hablando en francés- me ponía una de las cremas que tenía sobre la cómoda de su cuarto, junto a los espejos. Claro que para entonces yo ya me bañaba solo, nada más que con agua siempre helada, porque la cocina quedaba lejos del baño y a veces no había para el ron del calentador que colgaba de la ducha. Una vez me pegué tremendo resbalón y si hubiera sido por el alambre donde mi mamá todos los días colgaba pedazos de papel periódico, me daba con la cabeza en el retrete de granito gris, ése que tenía el tanque de fierro arriba y que se jalaba con una cadena que acababa en una pera de madera.
Así fue que un domingo, cuando la acompañé al mercado a hacer las compras y yo iba llevándole la canasta, vi colgado en un puesto un par de pantalones de ésos de los que ella había denostado tanto. “Es la perdición del mundo” –me decía” “¡La juventud ya no tiene valores, por María del Señor!... mira que ponerse estas ropas de tela tan gruesa y doblarse las bastas, como si no les importara lucir bien. ¡Nada bueno va a resultar de esto!”. Cuando ella se alejaba, agarré el pantalón y lo olí. La fragancia me impactó reciamente. “Veinticinco soles, joven. Es Orotex” me dijo la vendedora, una chola gorda y sudorosa. “Regreso más tarde”, le contesté, alcanzando a mi madre antes de que se diera cuenta de que en ese instante mágico, mediante un añil par de pantalones que me dejaron pintada levemente la mano, el destino había sabido encontrarme…
… Era cuando mi madre me untaba con árnica los chalazos que me salían cuando se me daba por mirar a los perros tirando en el parque. Pero eso era nada, porque ella -tras cortarme los uñeros y frotarme los juanetes con piedra pómez, a la que ella llamaba pómex, con equis- tenía que rasparme el ojo’e gallo que me salía en la planta del pie derecho y luego me ponía un callicida que era mundial. Las manos era más fácil, porque rara vez me salían sietecueros y después de esa maniquiú -así también decía ella, dizque hablando en francés- me ponía una de las cremas que tenía sobre la cómoda de su cuarto, junto a los espejos. Claro que para entonces yo ya me bañaba solo, nada más que con agua siempre helada, porque la cocina quedaba lejos del baño y a veces no había para el ron del calentador que colgaba de la ducha. Una vez me pegué tremendo resbalón y si hubiera sido por el alambre donde mi mamá todos los días colgaba pedazos de papel periódico, me daba con la cabeza en el retrete de granito gris, ése que tenía el tanque de fierro arriba y que se jalaba con una cadena que acababa en una pera de madera.
Así fue que un domingo, cuando la acompañé al mercado a hacer las compras y yo iba llevándole la canasta, vi colgado en un puesto un par de pantalones de ésos de los que ella había denostado tanto. “Es la perdición del mundo” –me decía” “¡La juventud ya no tiene valores, por María del Señor!... mira que ponerse estas ropas de tela tan gruesa y doblarse las bastas, como si no les importara lucir bien. ¡Nada bueno va a resultar de esto!”. Cuando ella se alejaba, agarré el pantalón y lo olí. La fragancia me impactó reciamente. “Veinticinco soles, joven. Es Orotex” me dijo la vendedora, una chola gorda y sudorosa. “Regreso más tarde”, le contesté, alcanzando a mi madre antes de que se diera cuenta de que en ese instante mágico, mediante un añil par de pantalones que me dejaron pintada levemente la mano, el destino había sabido encontrarme…
10 abril, 2008
Vilulai Lama
Esta columna de opinión se ha reservado siempre el comentar asuntos de actualidad en razón de que (a) nadie nos lee, y que (b) hay que dejar madurar las cosas hasta que agarren su punto de almost-rotten (así toman el gusto del charqui o el sabor del canard listo para ser untado d'orange)..
Empero, si a nuestro nunca bien ponderado ex congrezizta Fernando Olivera se le hizo tamaño cargamontón por haber hecho pichulita a los periodistas delante de muchas cámaras de televisión, ¿qué podríamos opinar del santón de los mantos coloreados que se ve en la foto en la conferencia de prensa que otorgó ante la prensa mundial?
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"¡Ésta es pa' tí, pa' que la veas chino impelialista Yi JanLian! [basketbolista chino de 2.10 m que juega en la NBA], ¡pala que nalie liga, cojulo, que el Tíbe, no es inlepenliente!... ¡Fuela China del Tíbe, calajo!" fue el speech que adosó al acto. Al parecer, y sin entender cabalmente la peruanísima connotación del gesto, la agencia australiana que recogió la foto decidió rubricarla con otra leyenda, más considerada.
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Huelgan comentarios.
30 marzo, 2008
Cosas Raras Se Verán, Dice La Biblia
En un suburbio de la ciudad canadiense de Toronto se investigó el supuesto caso de un hombre en estado de gestación. El individuo, de origen sudamericano y de iniciales A.D.I.T.A., presentó un balonamiento progresivo de la cavidad ventral con expansión de la fascia subdiafragmática, es decir, de la prolongación del saco facial intraabdominal; el esfínter esofágico interior estaba severamente afectado en su límite superior de inserción en la membrana frenoesofágica y en la capa submucosa del esófago..
Tras una revisión más detenida, se descartó el proceso de gestación: todo se redujo a un generoso tacu-tacu sin aceite de oliva, precedido de una entrada de champiñones cargadísima al ajo más una gruesa porción de rachi con ají colorado y cebolla china que el interfecto había engullido casi sin tomar aire, algunos meses atrás ocasionándole una descomunal obstrucción meteórica.
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Previa laxada, el individuo fue pronto dado de alta con la condición de que no vuelva a empujarse tanta cochinada junta.
18 marzo, 2008
Las Cosas Que Se Hacen Extrañar En El Barrio Que Nunca Tuve
Desde el segundo piso de Diagonal 550 se ve la esquina del Parque Kennedy que da a Schell, con su portete horriculento de concreto color naranja que, como parte de la modernización del parque, se construyó hace unos diez años. A esas alturas, algunas cuantas cosas ya se habían marchado para siempre de eso que podríamos llamar barrio.El señor que, vestido invariablemente de terno y corbata, con barba y ojos caídos, parecía declamar algo que leía apenas moviendo los labios de un papelito que sacaba de uno de sus bolsillo, perpetuamente cabizbajo mientras recorría innumerables las veredas del parque entre las once de la mañana y las cinco o seis de la tarde. La leyenda urbana cuenta que había visto morir a su novia en sus brazos como consecuencia de que fuera atropellada mientras descendía de su auto para encontrarse con él en esa precisa esquina, que de eso no pudo recuperarse y que perdió por ello la cordura. Siempre escuché que era de una familia de nombre patricio, razón por la que su tenida era impecable las más de las veces (algunas cuantas veces lo vi con el terno muy arrugado y el cuello de la camisa negro, como si no se hubiera cambiado en varios días). Desapareció de esta esquina poco antes de la remodelación, circa 1990.
El heladero Juanito (o diminutivo similar). Cuadraba su carretilla de helados D'Onofrio en la esquina de lo que ahora es Palachinke (que está ahí desde 1976, más o menos) y meneaba una lata de ésas grandes (de Nescafé o Milo) que había llenado con piedras y gritaba algo así como '¡E'lo bueeeeeno!' (chas-chas-chas). Vestía una chaqueta blanca (de heladero) y un gorro (de heladero) con visera. Entonces ya tendría más de setenta años y la madre de Nano, que vivía en Henry Revett -a la vuelta de Diagonal- me contó alguna vez que tenía treinta años en la misma cantaleta, los veranos vendiendo helados y los inviernos, chocolates. Juanito dejó la esquina hacia 1975 ó 1976.
El loco Tres Pasos. A falta de nombre le pongo tal, puesto que andaba con zancadas enormes con unos zapatones, negros y gastadísimos. Usaba casi siempre sacos a cuadros chiquitos sobre un pantalón que parecía no cambiarse nunca; llevaba el pelo engominado o grasiento peinado con una raya muy marcada al costado. Acostumbraba a decir incoherencias a la gente con la que se cruzaba en sus excursiones por Larco, Schell y Diez Canseco y me parece recordar que alguna vez lo vimos, agachado en escuadra, untando su palma con un helado que se derretía sobre la vereda y lamiéndola luego detenida y fruiciosamente. Sólo anduvo por el barrio unos dos años, hacia 1975. Hoy ha sido reemplazado por otros excéntricos, uno de los cuales estudió conmigo en el colegio.
El Bowling Brunswick con su vistoso cartelito de neón que replicaba un jugador haciendo un strike. Antes de la construcción del Edificio Centro Líder (proyecto de éxito fallido y fugaz), el Bowling destacaba como punto de referencia de Miraflores. Tras descender por las escaleras de acceso, sobre la mano derecha uno veía una barra de estilo película americana en la que se vendían unos milkshakes que siempre me parecieron carísimos; sobre la izquierda estaba el mostrador donde uno iba a comprar las líneas que iba a jugar, atendida por un conserje que usaba los lentes de leer caidos sobre la nariz y que daba garbosamente una rociada de Wizard a los zapatos antes de entregarlos a los usuarios. El Bowling murió hace mucho: lo mataron la decadencia y la moda. Sus antes iluminados ambientes se fueron tugurizando para albergar mesas de billar gastadísimas mientras la juventud se fue haciendo más y más sórdida. Los ecos de pinos de campeonatos latinoamericanos se esfumaron a paso veloz (el poster de Danilo Roveda y sus 300 perfectos puntos así como los strikes de Hamleto, el venezolano que llegó juvenil y que se volvió un pro en la liga americana sin haber tenido el decoro de cambiarse el horrísono nombre). Hace unos meses entré, por pura curiosidad; la mitad de las pistas de madera blanca estaban apagadas y las mesas de anotación vueltas unas sobre las otras, dos mesas de billar con las buchacas amarradas a la mesa con alambres, el mostrador en la más patética ruina. Y como guiño curioso, el mismo dependiente de los anteojos sobre la nariz, peinando setenteras canas.
Sobre Schell, en el baldío que era el estacionamiento del supermercado Todos que estaba haciendo esquina con Los Pinos (donde hoy se instala Ripley) se estableció una carretita blanca y pintona que tenía sobre sí un cartel rojo que decía 'La Casita'. La correctísima señora que atendía ahí vendía unas hamburguesas caseras extraordinarias, sobrias y sin recargos, las cuales uno podía regar con una docena de salsas sabrosísimas: mayonesa, tártara, golf, de rocoto, de ají amarillo y así. Con José Miguel íbamos regularmente y a hora algo tardía (salida del cine, casi a medianoche, por ejemplo). Una noche la señora conversaba con alguien explicándole que le habían pedido que desalojara el terreno (la casita de madera no ocupaba más allá de diez metros cuadrados) pues ahí construirían algo. Sin embargo, continuaba, le había ido tan bien que iba a dar el primer pago para comprar la tienda de la primera planta del edificio que construirían en la otra esquina de Los Pinos y confiaba en que el negocio prosperara. No se equivocó: durante muchos años, La Casita constituyó el ícono de los fast foods miraflorinos y supervivió hasta hoy, sin desmoronarse como el Oscar's, el MacTambo o el MacDonald's bamba que se instaló en la esquina del pasaje Olaya y Diagonal (ahí Semiqui se manyaba dos "Big Macs" al hilo, y hago notar que los de este local precursor y que no pagaba la franquicia -con toda seguridad- hacía las hamburguesas de un volumen tal que fácilmente en cada una de ellas cabrían dos de las que vienen ahora en el autoservicio verídico). La Casita abrió un local en Larco, pero ahí no prosperó, acaso porque la señora fundadora (blanca ella, para no catalogarla con el peyorativo 'blancona', que al parecer designa al peruano de raza blanca caído en desgracia o en train d'ascention social) encontró mejores rumbos (figurativamente, se le casó la hija y se fue a vivir a Suiza, la misma que tras algunos años le pidió que vendiera todo y que la acompañara allá con los nietos; ahora vive en un feliz retiro, entendiendo perfecto los chistes que cuentan los vecinos en alemán, quienes encomian lo bien que sabe la frankfurter gruene sauce que prepara la señora que vino del país tropical).
El Taco del Queso. Sobre Los Pinos, en el conglomerado de edificios que quedó a medio hacer desde fines de los sesentas, hay una especie de mezzanine a la que se accede por una escalera oscura (me refiero al lado opuesto a donde quedaba Bronzo, la socorrida discoteca de los tiempos de correrías con el Dr. G, cuando ésta ya estaba viniendo a menos). Ahí funcionaba un billar, o sea, un taco. El regente del establecimiento, aquél que ponía un pedazo de papel bulky rasgado en alguna de las bandas para llevar registro de la hora de inicio, era El Queso. Individuo de inequívoco rostro andino, El Queso era escrupuloso llevador de cuentas, gerente, administrador, contador y janitor. No se amoscaba por el apodo y acaso nadie haya conocido jamás su verdadero nombre (lo cual me recuerda a 'Mozo', el mozo que nos atendía en el Chifa Susy, en Arenales, en la época de Lince, cuyo nombre se lo ha llevado la historia). Un detalle peculiar del que no me olvido es que El Queso, emulando alguna épica gesta western de Steve McQueen o Charles Bronson, llevaba siempre en la comisura de los labios un mondadientes, el cual manipulaba sobre alguno de los intersticios de sus molares con dedicada constancia de rato en rato. Me parece que el taco existe aún, pero El Queso fue desembarcado hace mucho ya. Ha algunos años que El Papi me contó que, al pasar por alguno de los cafés de moda de San Isidro, creyó reconocerlo haciendo de cuidador de autos: si bien no llevaba el mondadientes entre los labios, no había perdido la costumbre de marcar las horas de llegada de los autos en un papelito que embutía en los parachoques. Gajes del oficio, con toda propiedad.
Dejo para otra ocasión a los personajes y lugares menos públicos pero que proveyeron al Parque y sus alrededores de ese aire de misticismo y miraflorinidad tan peculiares: el Pelado del Parque, 'El Pozo de San Ramón', los roedores que pululaban por la efigie de Kénide (!), los fletes, Máximo (el portero, tan amigo de Alo Gayoso), las damas que se mercadeaban en la propia esquina de Berlín y Diagonal, la bodeguita de a la vuelta, el poste desde el que llovía todos los días a las seis y un largo etcétera.
23 febrero, 2008
¡Aúuuuua, aúuuua, tutú tutú! (O ¡Santas Asociaciones, Batman!)
Usualmente una cosa lleva a la otra. Asociaciones mentales, que les dicen, tan involuntarias como gratas.
Mirando la tele sabatina, específicamente “El Especial del Humor” de Canal 2, reincidía en mi habitual idea de que Álvarez y Benavides, junto a Armas y Vidaurre, son de los poquísimos cómicos peruanos que pueden llamarse propiamente imitadores. Mas aún, son de aquellos imitadores que jamás han copiado una imitación; muchos aspirantes copian a los imitadores haciendo lo suyo, de modo que al cabo de un tiempo la imitación se vuelve un personaje único, distante leguas del paradigma original. ¿Algunos ejemplos? los manoseados remedos de Alejandro Guerrero, Susy Díaz, Ricardo Belmont y Jorge Del Castillo, por sólo citar algunos (¡ah! y por cierto, Guillermo Rossini jamás ha sido y –dada su edad- jamás será imitador).
Volviendo al punto de las asociaciones de ideas, Álvarez y Benavides presentaban un sketch en el que el primero imitaba al futbolista Juan Manuel Vargas (como sabemos, apodado “El Loco”)- mediante un diálogo lleno de ingeniosas incoherencias y jocosos gritos. “Buen personaje” –pensé- “Ingenioso y original. Cualquier otro hubiera recurrido a copiar lo que antes ya había hecho ‘El Loco’ Ureta…”.

¿‘El Loco’ Ureta? ¡Qué loco para genial! Como es sabido, ‘El Loco’ pertenecía a un clan de actores, los Ureta-Travesí, por lo que empezó en la actuación en el espacio justo en que su breve porte y precoz pelada le ubicaron rápidamente: la comicidad. ‘El Loco’ empezó sus caracterizaciones en ‘La Peña Ferrando’ a mediados de los sesenta y cuando apareció ‘Teleloquilandia’, ‘El Loco’ trasladó a las pantallas su ronco “Aúa, aúa, tuttú-tuttú… ¡Buenas noches los pastores! ¡Brrrrrrrrrr!...”, con meneada de cabeza, mentón salido, pijama de franela de rayas y bacinica en la cabeza más. ‘Eso solito se merece un post, Baliente Metrónomo’, me dije. ‘Hora de googlear en búsqueda de más datos’.
Lo cierto es que sobre ‘El Loco’ Ureta no hay mucho, como se puede verificar dando su clave en el Google. Lo más sabroso, acaso, es una entrevista que recoge Arkiv que le hizo en 1979 la revista ‘Zeta’ (llamada ‘Tetas’ por la juventud progresista del pueblo de Nauta, por el profuso contenido de pechamentas y tolacas de todo tipo), y en la que soslayaba en un desconocido tono agridulce su afición artística: “El día que yo nací no nació ninguna flor. A mí no me trajo la cigüeña: me trajo el Pájaro Loco. Llegué a mi casa cuando mi mamá había salido”, dijo, “Voy a a hacer café-teatro. Estoy buscando un local. Explotan al artista: no pagan bien”.
Alfredo y yo lo vimos en vivo una vez. Fue por ahí en 1969, a unos meses de estrenarse ‘Teleloquilandia’ en el Canal 4. Fue en el Cine Chincha en una noche de lleno total, por lo que hubimos de situarnos (¡dichosos de nos!) en la primera fila, al centro. De pronto se apagaron las luces y por los parlantes empezó a sonar el jingle del programa: ‘Teleloqui-loqui-landia es la estación / De la locura, donde todos están locos, donde nadie tiene cura. / Les traemos la receta para curar la amargura / Telelo-loquilandia: la estación de la locura…’ y los artistas a desfilar, en vivo y a todo color. En su habitual pijama de franela, con barba pintada y la bacinica de rigor ‘El Loco’ Ureta se paseaba de un lado a otro del escenario mientras los aplausos de la gente no se detenían. En eso llegó justamente al punto delante del cual nos encontrábamos Alfredo y yo y se detuvo en seco. Sacó aún más la quijada, achinó los ojos como quien se sacude el intenso haz del spotlight, nos miró hacia abajo y le preguntó a Alfredo, mirándolo directamente a los ojos, “¡Oye!, ¿Y tú de qué te ríes?...”. Seguimos carcajeándonos mientras se alejaba, aún con la incredulidad de que se hubiera dirigido a nosotros de un modo tan específico (seguramente era parte de su rutina, pero esto no se lo voy a decir a nadie, lo prometo). ‘El Loco Ureta’ participó después en ‘El Tornillo’, en ‘Estrafalario’ y luego –según recuerdo- en un breve tramo de ‘Risas & Salsa’, hasta que una peritonitis se lo llevó prematuramente en 1982.
De entre todas sus caracterizaciones, además aquella del marica que acuñó aquello de “¡Me quiero moríiiir!”, ‘El Loco’ Ureta imitaba a Rita Pavone de un modo genial. Huelga decirlo: no hay en YouTube ningún clip colgado del genial ‘Loco’, pero sí de Rita Pavone. Sin embargo, quienes alguna vez pudieron ver la imitación de ‘El Loco’ convendrán conmigo en que el siguiente clip, de la verídica Rita Pavone, hace que la imitación supere largamente a la original. Incuestionablemente. ¡Larga vida al ‘Loco’ Ureta!
Mirando la tele sabatina, específicamente “El Especial del Humor” de Canal 2, reincidía en mi habitual idea de que Álvarez y Benavides, junto a Armas y Vidaurre, son de los poquísimos cómicos peruanos que pueden llamarse propiamente imitadores. Mas aún, son de aquellos imitadores que jamás han copiado una imitación; muchos aspirantes copian a los imitadores haciendo lo suyo, de modo que al cabo de un tiempo la imitación se vuelve un personaje único, distante leguas del paradigma original. ¿Algunos ejemplos? los manoseados remedos de Alejandro Guerrero, Susy Díaz, Ricardo Belmont y Jorge Del Castillo, por sólo citar algunos (¡ah! y por cierto, Guillermo Rossini jamás ha sido y –dada su edad- jamás será imitador).
Volviendo al punto de las asociaciones de ideas, Álvarez y Benavides presentaban un sketch en el que el primero imitaba al futbolista Juan Manuel Vargas (como sabemos, apodado “El Loco”)- mediante un diálogo lleno de ingeniosas incoherencias y jocosos gritos. “Buen personaje” –pensé- “Ingenioso y original. Cualquier otro hubiera recurrido a copiar lo que antes ya había hecho ‘El Loco’ Ureta…”.

¿‘El Loco’ Ureta? ¡Qué loco para genial! Como es sabido, ‘El Loco’ pertenecía a un clan de actores, los Ureta-Travesí, por lo que empezó en la actuación en el espacio justo en que su breve porte y precoz pelada le ubicaron rápidamente: la comicidad. ‘El Loco’ empezó sus caracterizaciones en ‘La Peña Ferrando’ a mediados de los sesenta y cuando apareció ‘Teleloquilandia’, ‘El Loco’ trasladó a las pantallas su ronco “Aúa, aúa, tuttú-tuttú… ¡Buenas noches los pastores! ¡Brrrrrrrrrr!...”, con meneada de cabeza, mentón salido, pijama de franela de rayas y bacinica en la cabeza más. ‘Eso solito se merece un post, Baliente Metrónomo’, me dije. ‘Hora de googlear en búsqueda de más datos’.
Lo cierto es que sobre ‘El Loco’ Ureta no hay mucho, como se puede verificar dando su clave en el Google. Lo más sabroso, acaso, es una entrevista que recoge Arkiv que le hizo en 1979 la revista ‘Zeta’ (llamada ‘Tetas’ por la juventud progresista del pueblo de Nauta, por el profuso contenido de pechamentas y tolacas de todo tipo), y en la que soslayaba en un desconocido tono agridulce su afición artística: “El día que yo nací no nació ninguna flor. A mí no me trajo la cigüeña: me trajo el Pájaro Loco. Llegué a mi casa cuando mi mamá había salido”, dijo, “Voy a a hacer café-teatro. Estoy buscando un local. Explotan al artista: no pagan bien”.
Alfredo y yo lo vimos en vivo una vez. Fue por ahí en 1969, a unos meses de estrenarse ‘Teleloquilandia’ en el Canal 4. Fue en el Cine Chincha en una noche de lleno total, por lo que hubimos de situarnos (¡dichosos de nos!) en la primera fila, al centro. De pronto se apagaron las luces y por los parlantes empezó a sonar el jingle del programa: ‘Teleloqui-loqui-landia es la estación / De la locura, donde todos están locos, donde nadie tiene cura. / Les traemos la receta para curar la amargura / Telelo-loquilandia: la estación de la locura…’ y los artistas a desfilar, en vivo y a todo color. En su habitual pijama de franela, con barba pintada y la bacinica de rigor ‘El Loco’ Ureta se paseaba de un lado a otro del escenario mientras los aplausos de la gente no se detenían. En eso llegó justamente al punto delante del cual nos encontrábamos Alfredo y yo y se detuvo en seco. Sacó aún más la quijada, achinó los ojos como quien se sacude el intenso haz del spotlight, nos miró hacia abajo y le preguntó a Alfredo, mirándolo directamente a los ojos, “¡Oye!, ¿Y tú de qué te ríes?...”. Seguimos carcajeándonos mientras se alejaba, aún con la incredulidad de que se hubiera dirigido a nosotros de un modo tan específico (seguramente era parte de su rutina, pero esto no se lo voy a decir a nadie, lo prometo). ‘El Loco Ureta’ participó después en ‘El Tornillo’, en ‘Estrafalario’ y luego –según recuerdo- en un breve tramo de ‘Risas & Salsa’, hasta que una peritonitis se lo llevó prematuramente en 1982.

De entre todas sus caracterizaciones, además aquella del marica que acuñó aquello de “¡Me quiero moríiiir!”, ‘El Loco’ Ureta imitaba a Rita Pavone de un modo genial. Huelga decirlo: no hay en YouTube ningún clip colgado del genial ‘Loco’, pero sí de Rita Pavone. Sin embargo, quienes alguna vez pudieron ver la imitación de ‘El Loco’ convendrán conmigo en que el siguiente clip, de la verídica Rita Pavone, hace que la imitación supere largamente a la original. Incuestionablemente. ¡Larga vida al ‘Loco’ Ureta!
Pero sigamos, que aún no acabo.
Durante la búsqueda de videos de Rita Pavone descubrí uno que se llama ‘Amici Miei’. Lo miré un poquito, pero no se ajustaba tanto a lo que quería contar en el post a propósito de ‘El Loco’ Ureta, como sí el ‘Datemi Un Martello’ que he incluido, pero me quedó la inquietud. ¿‘Amici Miei’? Eso me suena a película que había visto. Of course, of course. Tognazi, Noiret y Celi en una hilarante trama que no recuerdo ya con mucho detalle. Entonces… si hay ya posteados clips de ‘Amici Miei’, ¿sería posible, entonces, que haya clips de ‘I Nuovi Mostri’?... ¡hagamos la prueba!. I-espacio-N-U-O-V-I-espacio-M-O-S-T-R-I-search. Voilà!
Para deleite de todos nosotros, gracias a Dios y a las musas del humor, tres joyas perennes, de modo que no tarden en buscarlas más: “Senza Parole” (Ornella Mutti en ubérrima plenitud y sobresaliente música de Tozzi) y Alberto Sordi en “Come Una Regina” y “L'Elogio Funebre”. Sencillamente geniales.
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Es bueno que una cosa lleve a la otra. Asociaciones mentales, que les dicen, tan involuntarias como gratas. Muy gratas. Muy, muy gratas.
09 febrero, 2008
Metronómica Efeméride

Esta mañana vi un capítulo de “Friends” y no sé por qué, Jennifer Aniston me pareció singularmente bonita. Más tarde, en YouTube, recordé que debí haberme comprado el sigle “Always On Your Side” en la tienda Virgin de Union Square, allá, donde ya sabemos que nos gusta tanto: el video de la canción hace lucir a Sheryl Crow tremendamente bien. Algo se debe inventar (Thomas Alva Edison), pues, para disfrazar esta tonsura, que ya casi es de prelado (digamos, de Gregorio XIV) y las arrugas tipo-Eva-Gabor, o habrá que boxear contra ellas –mismo Max Baer-, digo. ¡O mejor!, hagamos la de Leslie Nielsen, como decíamos el otro día a propósito de las series sesenteras, o pongámonos musicales como Kelly Rowland o Sergio Mendes (tremendo músico do Pais Tropical), tan dramaturgos como Sidney Sheldon o sencillamente adoptemos la actitud risueñamente cínica de Burt Reynolds desempeñando el papel de Manuel Antonio Noriega… (no: mejor hagamos la de Josepeh Mankiewicz y escribamos otra vez “The Barefoot Contessa”, sólo que en el papel prinicipal iría -con toda su peruanísima belleza- Q’Orianka Kilcher).
[¡Huy!, ¿qué pasó? ¿se rayó El Baliente Metrónomo? ¿comió cacachuates y está padeciendo de mental cagalera? ¿decidió por fin, y una vez más, ponerle ídem a este cibernético rincón, pendonero y fútil? ¿habrá pensado en divulgar al mundo la identidad secreta que camufla bajo el apacible look de economista, defraudando así a sus cinco lectores, Dama Peruana incluida? ¿cambiará la ‘B’ por una más formalita ‘V’ en su seudónimo? ¿se marchará de peregrinación a Mississauga, Ontario, previa pasadita por Sabana Grande?...]
Hint para los que no se acuerden: 11 de Febrero. Efeméride de la Virgen de Lourdes.
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Por eso, al Baliente Metrónomo así como todos los nombrados, en Sol Mayor y compás 3/4, ¡y uno!, ¡y dos! ¡y tres!.. “¡Feliz, feliz en tu día / Amiguito que Dios te bendiga, / Que reine la paz en tu vida / ¡Y que cumplas muchos más!...”
02 febrero, 2008
Rodriguítico
Garboso paso de baile en doce segundos, sólo igualable a Manolo García bailando "La Macarena".
Cuestiones De Hábito
Estimados Señores:
Con el respeto que me merecen (que es bien poquito), paso a expresarles que me parecen soberanas tetudeces las siguientes tenués-de-guerre (o sea, ropa de chamba, la cual no ha de confundirse con la "ropa de laburo", que es la tenida que usan las chicas malas que, por regla general, casi siempre son bien buenas):
a) La chaquetita blanca de los médicos de los hospitales de EsSalud y Minsa. Tal indumentaria llama a poderosa confusión con la habitual tenida de los otrora heladeros D'Onofrio (hoy Nestlé), y cuando se tiene a alguno delante uno no sabe si le van a medir la presión o si hay que pedirle un Frío Rico. Ya otra cosa son las scrubs: ahí sí, por comodidad y por afincarse estrictamente en el ámbito de un hospital, atraco.
b) El chaleco multibolsillo que supuestamente otorga características a un periodista. O sea, ¿qué?, ¿uno ve el chalequito con sus bolsillos de número infinito y debe computar que está hablando, o sea, con Alejandro Guerrro en sus épocas de reportero callejero? ¿o es que no se dan cuenta de que los bolsillitos eran más para que los reporteros gráficos llevaban ahí los cuchumil rollos de película fotográfica que una misión distante les imponía y que estos tiempos de cámaras digitales ya no exigen más que para uno que otro teleobjetivo? Incluso hay ocasiones en las que uno no sabe si tiene delante a un periodista o a un cambista de Larco.
c) Los ridículos gorritos que usan los que practican el automovilismo aún cuando están fuera de los circuitos. Digo... una cosa es usar el adminículo dentro de un auto -digamos- de rally, por cuanto el polvo se puede impregnar molestamente en el pelo, pero ¿fuera del auto? ¿durante una entrevista de televisión? ¿dentro de un avión?... (¡por favorrrrr!)
d) Los zapatos de punta de las actrices de películas porno. Digo... ¿por qué nunca se los sacan cuando están en plena acción? Al igual que en el acápite c), el polvo se puede impregnar molestamente sobre los zapatos durante un rally, pero... (huy, no, creo que escogí mal los términos... ). Passons.
e) El insufrible terno -invariablemente- mal cortado de todos y cada uno de los grupos chicheros (Armonía 10, Grupo 5, Los Norteños de Guadalupe y siguen firmas). ¿De qué se trata? ¿poner en evidencia integración total y espíritu de cuerpo (de tamal)? No, Señores chicheros, no es preciso que se vistan todos igual, ya con su música es sufissant.
f) Las chaquetas de los cocineros y sus zuecos. ¿Serían menos cocineros, la sazón resultaría diferente, sería distinto el resultado si los cocineros usaran algo más expeditivo - pongamos, un mandil- o un gorro en vez de las chaquetas aquellas con cuello abierto y mangas tres cuartos con las puntas dobladas? ¿percibirá la comida la sutil diferencia acústica de cuando un cocinero camina sobre zuecos que cuando usa otro tipo de calzado, modificando con ello su sabor?... No me parece, ¿ah?
g) El terno y corbata de los asaltantes de bancos en virtud de lo cual se les espeta aquello de ser siempre sujetos 'elegantemente vestidos'. Hint: Señores asaltabancos, desde los ochentas en que la moda se distendió y lo casual se impuso, el uso del traje y la corbata no es -ni por asomo- sinónimo de elegancia. Favor, si quieren pasar piola antes de un atraco, ¡cámbiense de ropa!, no fuere a ser que tanto el público como el administrador del banco a ser asaltado pensaren que al local entró (con similares o más peores intenciones) una gavilla de abogados en ejercicio -mejorando a mi amigo Augusto-.
h) El invariable vestido de flores, las sandalias de taco bajo y la cadena dorada sujeta-anteojos de las señoras que abarrotan bingos y casinos... Señoras: ¿qué no hay alguna blusita menos clásica que vaya bien con sus anteojos de lectura? ¿alguna prenda que haga un poco más risueña la permanente cara de compunción estreñida que parece aquejarlas siempre?
Antes de presentar mi denuncia formal ante Indecopi por prácticas restrictivas en el mercados, valga este modesto exhorto para hacerles recapacitar de tan ilógica postura gremial y, ¡por favor, vístanse como la gente!, pues de monjas, ascensoristas, enfermeras, curas, tombos, mozos, farmacéuticos, guachimanes y dependientes de tienda de vídeos ya estamos hasta la coronilla.
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(f) El Baliente Metrónomo.
30 enero, 2008
¡Oiga, Caballlleeeeero...!
En realidad sí se me hace una confusión, que a lo mejor algún memorioso hermano (me refiero a uno) salva. No sé aquello de ir a almorzar al restaurant original de Rosita Ríos, en el Rímac, fue justo antes de que El Doc nos llevara por primera vez al Estadio Nacional al partido Octavio Espinoza contra el Defensor Lima (por supuesto, apenas preliminar y ni siquiera semifondo de la fecha dominguera de un Descentralizado) o si fue (y aprovechando la cercanía), justo antes de ir a la Plaza de Acho a ver el Circo de Moscú. Whatever! Lo que quería narrar era otro nostálgico memento de chiquititud, que está relacionado con haber visto a quien fuera llamado el más grande payaso de la historia: Oleg Popov..
'El Payaso Sol' nació en 1930, en Moscú, razón por la que a la edad que lo vimos mis hermanos y yo -circa 1970- frisaba la cuarentena, no obstante lo cual (o acaso, razón por la cual) su desenvoltura física era notable. Recuerdo que para esa tarde El Doc había comprado entradas para la general (vulgo, galería, porque el resto de localidades seguramente eran carísimas), lo cual nos hacía divisar los actos que se desenvolvían en la pista a una distancia más o menos grande: el circo había tendido su carpa por encima del coso, de modo que todo estaba en penumbras. Lo cierto es que he olvidado todos los demás actos y el único que recuerdo (¡qué cosas tiene la memoria!) es el de Popov, y aún éste, a retazos. Me parece que salía al ruedo con un perrito, con el que hacía piruetas y demás, y ya luego empezaba a hacer un acto en solitario, una parte del cual consistía -si el Alzheimer no me delata- en andar por un cable metálico elevado a unos dos metros del suelo (una tight rope chiquita, que le dicen) y realizar la proeza más increíble que hubiéramos visto hasta entonces: Popov, vestido de un sacón azul escarchado (la carencia de las hoy comunes pantallas gigantes reducen ello a sólo una sospecha) iniciaba una temblorosa caminata sobre el alambre; una vez que hubo llegado a la mitad, con vacilante esfuerzo se puso de cabeza y, con inverosímil dominio y presteza, se iba despojando del sacón mientras empezaba a rodar sobre la cuerda hasta el otro extremo, al cual llegó ya 'cambiado' con un sacón de otro color (¿cómo lo hizo?, ¡sabe Dios!). Tras de eso bajó del alambre y continuó haciendo su acto, como si tal cosa. A la salida y durante el regreso a Chincha (seguramente esa misma tarde), mis hermanos y yo desmenuzamos el acto, riéndonos con el recuerdo.
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Y no es que haya muchas, pero al menos ubiqué un video de él en YouTube que pinta la creatividad de sus actos y sus marcadas influencias. Muy probablemente las imágenes provengan de la película Две улыбки (Dve Ulibky, "Dos Sonrisas"), de 1970.
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He aquí la evidencia cinemera de quien -para nosotros, al menos- ha sido y seguirá siendo, el mejor payaso del mundo.
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24 enero, 2008
4 De La Tarde: El Zenith En Una Tarde De Verano
Hoy Santiago me hacía acordar de cuando le conté que en Chincha, cuando yo era chico, se recibían tres canales de los cuales la recepción sólo era aceptable para dos, pero en casa sólo teníamos antena para uno. Años después llegaría una innovación súper tecnológica: se podía recibir ambos canales sin recurrir a dos antenas de mástiles separados, pero había que cambiar una llave de cuchilla para hacer el switch de antena de un canal a otro. ¡Clack! (entre paréntesis: se veía igual, o peor… y por cierto, ¿qué habrá sido del hermano del Chiquitoso y su promisorio futuro como experto en el esotérico arte de instalar antenas de T.V., habiendo llegado al summum con la instalación de boosters? ¿qué será de su vida en estos alambrescos tiempos de "Cable Chincha"?)
No obstante esa severa limitación, pudimos admirar todos esos cartoons de los que tanto ya se ha hablado, así como también algunos cuantos de los que no se dice ya casi nada. Éstos, mayoritariamente puestos en las tardes de Canal 4 (con el logo en la casetucha de retransmisión de la cuesta de Cañete, que todos esperábamos con ansias ver cuando volvíamos de Lima) incluían a “El Ángel del Espacio” con el “Dardo Estrella”, el cual capitaneaba Scott McCloud junto a Taurus (unos cartoons, según he averiguado, que databan de 1962), a Astroboy y al Hombre de Acero, por supuesto (posteriormente reeditados sin el brillo original… me refiero al brillo de las tabas del Hombre de Acero, robot que parecía estar vestido con un frac cilíndrico) y a los Super Six, con Super Bwoing, El Hombre Elevador, El Hombre de Granito et alter. Cuando dispusimos en casa de la antena para el 5 (“¡Chicho! ¡sube la palanca…!”), recién pudimos disfrutar de los Looney Tunes.
Para deleite de la yénchi y homenaje a esos gozosos años, tras las imágenes, dos clips: el primero, el intro de los Super Six, con canción y capítulo de los Hermanos MatzO’Reilly incluido; el segundo, un ocsequio para El Papi (¡no sabes lo que me costó ubicar este clip en YouTube!), Owl Jolson cantando "I love to sing'a about the moon'a and the june'a and the spring'a".
No obstante esa severa limitación, pudimos admirar todos esos cartoons de los que tanto ya se ha hablado, así como también algunos cuantos de los que no se dice ya casi nada. Éstos, mayoritariamente puestos en las tardes de Canal 4 (con el logo en la casetucha de retransmisión de la cuesta de Cañete, que todos esperábamos con ansias ver cuando volvíamos de Lima) incluían a “El Ángel del Espacio” con el “Dardo Estrella”, el cual capitaneaba Scott McCloud junto a Taurus (unos cartoons, según he averiguado, que databan de 1962), a Astroboy y al Hombre de Acero, por supuesto (posteriormente reeditados sin el brillo original… me refiero al brillo de las tabas del Hombre de Acero, robot que parecía estar vestido con un frac cilíndrico) y a los Super Six, con Super Bwoing, El Hombre Elevador, El Hombre de Granito et alter. Cuando dispusimos en casa de la antena para el 5 (“¡Chicho! ¡sube la palanca…!”), recién pudimos disfrutar de los Looney Tunes.
Para deleite de la yénchi y homenaje a esos gozosos años, tras las imágenes, dos clips: el primero, el intro de los Super Six, con canción y capítulo de los Hermanos MatzO’Reilly incluido; el segundo, un ocsequio para El Papi (¡no sabes lo que me costó ubicar este clip en YouTube!), Owl Jolson cantando "I love to sing'a about the moon'a and the june'a and the spring'a".





16 enero, 2008
Mentiras De Aquellas
Define el DRAL mentira como aquella 'Expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa'. Falacia, en cambio, es 'Engaño, fraude o mentira con que se intenta dañar a alguien'. Cuando estaba en la Universidad, mi profesor de filosofía y lógica -mal llamado por muchos como 'el cura Dóriga'- distinguía, basado no sé en qué apoyo pero con bastante propiedad, que una falacia era una propuesta lógica que carecía de la intención expresa de desvirtuar la verdad que sí tenía toda mentira. Desde ahí me quedé con esa especie de inquietud acerca de las mentiras, la cual resucito en la fecha gracias a que (1) la falta de tiempo para postear me está arrinconando y entiendo que hay quienes acuden sistemáticamente a esta página para ver si colgué algún nuevo dislate, y (2) los recuerdos infantiles parecen ser siempre los más fácilmente manipulables a fin de rescatar eso que no se quiere perder de la memoria..
De todos modos, esto que cuento tiene que ver con mentiras que escuché, me contaron o me dijeron cuando yo era chico. Todas, por cierto, fueron expresadas de viva voz por niños que entonces tenían mi edad, con lo cual aquello de la intencionalidad o el propósito de dañar a alguien -según rezan las definiciones- podría descartarse de plano, reivindicando mas bien aquella permanente intención que alguna vez tuvimos todos los niños (algunos más que otros) de impresionar al auditorio. By the way, cual émulo de George Washington en su anécdota de quién cortó el árbol (favor no confundir aquí con el pacharaco bestseller '¿Quién Se Ha Llevado mi Queso?'), cuando fui chico y hasta hoy he procurado decir la menor cantidad de mentiras posibles, instrucción que escrupulosamente estoy transmitiendo a Santiagazo, no solamente porque es sumamente gratificante hablar siempre con la verdad (como diría Toro respecto del Llanero Solitario, '¡Kemosabay habla con lengua de verdad!') sino porque es especialmente feo que le pesquen una mentiraza y acuíjjj, lo cachen a uno en la movida (como diría El Viejo Dientes de Tiburón, jefe de Capulina antes que éste fuera millonario).
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Para no imbuirlas de carga emocional ninguna, he aquí ocho de las más descabelladas cosas que me dijeron u oí cuando niño, y que se han quedado a vivir entre los recuerdos que cuento como más queridos:
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a) En alguna película de matinée en el Cine Chincha, Alfredo, Chicho y yo, y en la fila inmediatamente anterior un chico algo mayor de nuestro colegio, con su hermano menor, viendo una película en la que unos personajes, minimizados gracias a un portentoso y complejo rayo, se introducían en el torrente sanguíneo de un paciente. El hermano menor (al ver unas formas redondas, inmensas y rojas que parecían flotar en el plasma): '¡Asu!... Y esas cosas, ¿qué son?'. La respuesta contundente y cargada de una ignorancia laposa y bastante falaz: 'Son glóbulos: ¡los glóbulos de las glándulas!'. [Alfredo aún se debe acordar del preciso nombre de los protagonistas]
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b) En el mismo Cine Chincha, en otra matinée, con amigos del mismo segundo o tercer año. Uno de los amigos, respecto de un primo que vivía por el Pasaje Santa Rosa, a quien admiraba: 'Mi primo José Luis me cóntó una vez que estaba en el cine cuando hubo un temblor. Se quedó esperando a ver qué pasaba y de la película empezaron a salir corriendo los romanos y después de ellos salieron corriendo Batman, Robin, Hércules, Superman y todos los otros que viven detrás de la pantalla...'. [Como diría Spock, '¡Fascinante!']
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c) Camino a Ica, con el Doc manejando y toda la familia en el Oldsmobile azul. Pregunto: 'Papi, ¿no es cierto que en Kryptón todos los perros son blancos y vuelan?...'. Respuesta algo falaz y bastante piadosa: 'Sí, hijo, todos los perros en Kryptón son blancos, pero acuérdate que sólo vuelan cuando la gravedad aquí en la Tierra se los permite.' [¡Gracias Doc, por no quebrar la ilusión!]
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d) De regreso de Ica, por el tablazo de Paracas, mi hermano Chicho: 'Alo... ¿y esas cosas que parecen cabezas, qué són?' (mirando hacia los domos de arena en todo el tablazo, los que parecían tener forma de un torso que culminaba en un penacho hirsuto de hierba gruesa). Respuesta imaginativa y nada mentirosa: '¿Te acuerdas ese episodio de Flash Gordon en el que los Hombres de Arcilla salían de las paredes de las cuevas, porque estaban hechos del mismo material? ¿Sí? Pues a lo mejor esas cosas son hombres prehistóricos que en cualquier momento pueden salir, como un ejército...' [Solución militarizable, ahora que se nos viene Chile por el diferendo marítimo]
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e) Historia escuchada a un amigo, frisando los seis, en corrillo en la chacra de su padre: 'Mi papá tiene unos largavistas buenazos. Me dijo que la vez pasada que se iba a Lima, usó sus largavistas para mirar al cielo ¡y justo vio cuando pasaba una bruja volando en su escoba!...' [Me dio miedo cuando lo escuché, pero la vida tomó venganza por su cuenta y riesgo: el autor está encausado por violín con menor de edad y se juega una cadena perpetua... ¡santas brujas, Batman!]
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f) Igualmente, alrededor de los cinco o seis, cuando los Mustangs '67 hacían furor en las pistas, urbi et orbi. El padre de uno de mis compañeros de clase, favorecido por ignota divinidad, tuvo en suerte adquirir uno; este chico contaba que cuando regresaban desde Lima, él quiso echar por la ventana una hoja de papel, por lo que el padre lo reprendió: '¡Alfonso, no hagas eso! ¿No ves que estamos yendo a doscientos por hora? ¡A esta velocidad si esa hoja te da al través, sería capaz de cercenarte completamente la mano!...' [El padre de este amigo aún vive y todavía es recordado por andar con siempre novedosos gadgets]
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g) La consabida historia de nuestro queridísimo y siempre genial Duccio no la escuché yo de primera mano, pero fue repetida hasta el cansancio por cuanto chinchano de mi generación la escuchó en esos años de chiquititud. Decía Duccio que una vez, rodando con su camioneta por la Bajada de La Perla, sintió que una de sus ruedas había perdido por completo los pernos y que se salía del eje; lo que sí, realmente se preocupó de la estabilidad de su vehículo a la velocidad que llevaba cuando vio que la rueda lo iba adelantando en la bajada por varios cuerpos. Fiel a su estilo certero y con los nervios a todo temple, Duccio cuenta que calculó la trayectoria de la rodante que ya se el iba y, con el carro sostenido acrobáticamente en las otras tres ruedas, condujo temerariamente por tensos y escalofriantes segundos hasta que pudo por fin embocar nuevamente la rueda en su lugar hasta finalmente detenerse, incólume, llegando a la entrada a Las Totoras. [El tiempo demostró que las proezas de Duccio han sido espléndidamente más grandes que esa minucia saltimbanqui y automotriz: el recuento de algunas de ellas acaso insuma varios tomos del ancho de la guía telefónica de Ciudad de México, villa en la que alguna vez Duccio tuvo ocasión de visitar y conocer al mismo, ¡oe!, Blue Demon en persona, quien le retó a amical y risueño infighting de tres rounds en la propísima Arena México, encuentro del que salió previsible vencedor por puntos, como no pudo ser de otra manera]
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h) Ésta es la final y ocurrió en alguna tarde de verano, cuando Alfredo y yo fuimos a visitar a los Herrera, quienes estudiaban en los mismos grados que nosotros. El hermano mayor (que resultara ser luego íntimo amigo de mi cumpa, Goldinho), asiduo estudioso de historia, astronomía y demás ciencias que moran en las enciclopedias, exhibió con profusión de pruebas las razones por las que él afirmaba que la Tierra, durante los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial y como consecuencia de la gran cantidad de residuos metálicos producida por la hecatombe, ¡tuvo anillos como los de Saturno!. El número -decía- fue indeterminado entre cuatro y cinco, pero que los tuvo, sí, los tuvo. 'Afortunadamente -añadió- el tiempo se ha encargado de borrarlos, porque sino ¡imagínense!, ¡los problemas que tendrían las naves espaciales para poder salir de nuestra atmósfera!' [Digo... ¿no habrá sido que el Apolo XIII en realidad rozó con parte de alguno de los anillos aún sin disolver, acarreando toda esa odisea espacial llevada al cine y que tenía como navegante al propio Forrest Gump?]
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Seguramente todas las mencionadas ni tuvieron aviesa intención ni mayor consecuencia que haberme marcado risueñamente la vida. En todo caso, no fueron tan malintencionadas como las así llamadas 'Sorpresas' (cajitas mal empacadas de rojo cartón basto) y que traían por regla general una peliculina (chambona mutilación de una película de cine), una figurita y a veces un soldadito de plástico, las que mis hermanos y yo adquiríamos al exorbitante precio de un Sol en la carreta de golosinas que se ponía en la esquina de la calle Callao. A ese precio, no sólo mentira era: ¡tremenda estafa, carajo!
¡Echa, Vamo' Ahí! ¡Guaguancó Pa'l Que Sabe!
Señoras y señores: gracias a un compatriota que radica en Italia y a YouTube, con Uds. y con barristas en uniforme único... ¡el Grupo Karakhol en video, con "Me Llaman Avispa" y el súper exitazo bailable "La Chiquitita"!
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(¿Y quién decía que "La Chiquitita" no tenía swing?)
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(¿Y quién decía que "La Chiquitita" no tenía swing?)
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24 diciembre, 2007
Pajarito, Guayulipi & El Niño Que Vio A Papá Nöel
Todos decían que Pajarito se apellidaba como el alcalde. Mi razón infantil no me permitía entender cómo podría ser ello posible: el alcalde era buen mozo, robusto, blanco, vestía bien y tenía unos bigotes imponentes; Pajarito, en cambio, era flaquísimo, muy moreno y llevaba siempre ropas raídas, de tallas enormes, que evidenciaban mucho más lo raquítico que era su bigote cano. Yo no lo conocía, pero Felipe sí. Cada vez que lo cruzábamos en la calle (Pajarito parecía siempre ir andando sin prisa y sin ningún rumbo) Felipe lo saludaba con ese distintivo acento chinchano "¡Pajarit-to...!". Él entonces levantaba una mano y le contestaba por su apellido o le decía "¡Hola, patita...!". Algún tiempo después yo también lo empecé a saludar y, reconociéndome, me decía "¡Hola, Barrientitos!" (dicho sea de paso, Barrientitos somos hasta ahora: aún hoy a la gente les cuesta distinguir a un Carlos de un Alfredo o a un Lucho de un Chicho; ha sido frecuente que me pregunten "Pero... ¿no eras tú el médico que vivía en Puerto Rico?").
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En la mañana de una navidad -tan calurosa como todas las navidades que recuerdo de mi chinchanidad- Chicho y yo salimos a mirar las revistas hacia el kiosko de la esquina de Benavides y la Plaza de Armas; metros más allá de la puerta del consultorio del Doctor, a la altura del Cine Chincha, nos cruzamos con el alcalde, que estaba conversando con alguien. Al pasar lo saludamos con un tímido buenos días y él nos respondió apenas mirándonos desde la (entonces) enorme estatura con un hola condescendiente que dejó desprenderse apenas de su boca de bigotes plateados, mientras echaba la mano al costado en un gesto rápido para aventar la ceniza del cigarro que tenía encendido, lejos de su impecable y radiante guayabera blanca y de sus brillantes zapatos negros. "¡Vamos ya!", me dijo Chicho, mientras yo empezaba a pensar en lo contradictoriamente sonriente que era ver al alcalde cada vez que iba a saludar al Doctor. "La gente mayor es rara... ¡a veces déspota!", pensé, estrenando el adjetivo que había copiado recién a mi mamá (como en muchas cosas, hasta hoy esa sentencia parece ser siempre certera). Apenas a unos pasos de ahí distinguí la figura enclenque y bamboleante de Pajarito, que caminaba justo hacia nuestro encuentro: esta vez vestía todo de blanco, con ropa bien entallada pero que desentonaba con unas botas marrones y muy sucias, visiblemente más grandes que los que sus pies precisaban. Venía muy sonriente y, bajo el brazo, llevaba un pavo vivo. "¡Hola, Pajarito!", dijimos Chicho y yo al unísono. "Oyyyy... ¡dos Barrientitos!", dijo, "¿han visto qué bonito pavo?" y entrecerrando un ojo y frotándome la cabeza con la mano libre nos dijo "Lo llevo a mi casa, para mis hijitos...". "Chau, Pajarito, chau", le dijimos, mientras él seguía caminando en precisa dirección a la puerta del cine. Mientras Chicho avanzaba, yo esperé a saber qué ocurría, a ver si con el cruce de Pajarito con el alcalde se produciría algo así como un evento de carácter cósmico. Cuando estuvo junto al alcalde, le tocó las espaldas. Lo que siguió a ello fue algo así como una escena de película muda, cuyos diálogos hoy entendería mejor que entonces: Pajarito movía la mano, como explicando algo denso, el alcalde volteó hacia la persona con la que hablaba antes de que llegara Pajarito y levantó la mano hacia su cabeza, moviéndola como en círculos. Luego la metió en uno de los bolsillos de la guayabera y sacó algo que entregó a Pajarito y -tal como si echara nuevamente la ceniza de su cigarro- tiró la mano varias veces, como despidiéndolo. Pajarito miró lo que el alcalde le había dado (todos sospecharíamos que era dinero) y, quién sabe si en un acto que tenía tanto de heroismo como estupidez (largamente sinónimos), echó los papeles doblados a los pies lustrosos del alcalde y retornó a caminar con el pavo siempre bajo el brazo. Metros más allá, levantaba el brazo y daba voces que ya no alcancé a escuchar. "¡Oye!", me gritó Chicho, quien ya estaba casi por llegar a la esquina. Me eché a caminar mirándome la punta de los zapatos jurando que jamás usaría ninguno que no fuera de mi talla y deseando fuertemente que los hijos de Pajarito hubieran recibido de Papá Nöel regalos más bonitos que los que había recibido yo.
* * * * *
Como siempre, en la noche de navidad del año en que yo tenía ocho, el Doctor y mamá se había ido a dormir temprano. En la habitación en que dormíamos Alfredo, Chicho y yo (que es, según el perfecto plano que Alfredo reconstruyó hace poco, la primera que daba al salón-comedor desde la sala) la curiosidad de saber qué regalos recibiríamos no impidió que nos durmiéramos alrededor de las diez. Debo haber despertado alrededor de las once como consecuencia de un cuchicheo extraño que percibí venía cerca de los muebles del comedor. Con una mezcla de inquietud y al borde de quedarme sin aliento me levanté calladamente, fui hasta la cama de Alfredo y sacudiéndolo casi sin voz le dije "...¡Es Papá Nöel! ¡Está en el salón!", pero no hubo modo de que se despertara. Recuerdo que temblé... ¿debería abrir la puerta y ver a Papá Nöel cumplir con su misión, tan secreta y tan grata?. Caminé los dos o tres pasos hasta la puerta, tomé el pestillo, me asomé a su borde y con ojos muy abiertos empecé a abrirla, lenta, lentamente, mientras el cric cric de las bolsas de plástico me desacompasaban el corazón...
(Le cuento algo... Nadie en este mundo puede ver a Papá Nöel, nadie, ni siquiera alguien que se toma las licencias literarias que quiere. Nadie, ni aún los niños que alegan que alguna vez distinguieron una de sus manos colocando esos perfectos morteros que lanzaban proyectiles de brillante plástico rojo que tan bien funcionaron años de años cuando jugábamos a la guerra después, en los jardines oscuros del Hospital mientras vivimos ahí. No. Nadie podrá decir que las manos de Papá Nöel son extrañamente parecidas a las del Doctor, ni que los bordes blancos de del lanudo traje blanco y rojo -¡patrañas del marketing!- eran exactamente iguales a los de su pijama de lino celeste. Nadie. Porque acaso nadie, como yo -y sólo yo- descubrió que Papá Nöel sí existe, y que siempre estará ahí las noches de navidad para que los niños buenos -o no- tengan al despertar juguetes, o a lo mejor, el regalo de la historia del niño que por una vez en la vida fue capaz de ver llegar a Papá Nöel...)
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Todos llamaban a Guayulipi 'Guayulipi' porque era tan poco aplicado en el Colegio, que cuando cantaba "Are you sleeping, are you sleeping, brother John, brother John?" él pronunciaba como lo escuchaba, o sea, "Guayulipi, guayulipi, bróder yon, bróder yon?" y desde ahí le quedó la chapa. Aparte de sus hermanas -todas muy lindas y muy reinas de Chincha- Guayulipi nunca tuvo mucho de qué jactarse, aparte de una incuestionable pepa, la que -mal que bien- le ermitía el válido recurso del gigoleo.
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Cerca de una navidad universitaria, cuando las tradiciones para uno empezaban a minimizarse o a considerarse como cosas de tíos, con el Dr. G. estuvimos andando por el Parque Central de Miraflores echando una miradita a las chicas que venían de todas partes de Lima (eso fue una concesión democrática: más propio hubiera sido decir, de las mejores partes de Lima) a vender polos teñidos, zapatos, jeans y toda clase de adornos y juguetes. El Dr. G vivía entonces en la calle Grau, en casa de sus primos (los hijos de quien fuera muchas veces alcalde) y nosotros en el clásico departamento de mi padre, en la Diagonal, de modo que éramos prácticamente del barrio. Una de las costumbres bizarras del Dr. G., entonces aficionado al buen comer, consistía en echarse todas las tardes atracones de papas rellenas en la esquina de Grau con Berlín, en la carretilla de José, el cocinero moderno (no quiero pasarme aquí de calificativos: José, como podría suponerse bien, tenía modales muy delicados y femeninos). Cuando estábamos con el Dr. G. dando una última vueltita al Parque, nos cruzamos con Guayulipi, quien ocasionalmente gorreaba cobijo en casa de los primos de G.. Llevaba una radio más o menos moderna en las manos. Al vernos nos dijo "Oe... ¿no saben de alguien que quiera comprar una radio? Está buena y suena fuerte...". Nos levantamos de hombros diciéndole "¿Y quién va a querer una radio así, compadre? Se ve malaza...". Entonces Guayulipi dijo "Loco: si no la vendo no voy a Chincha, no tengo plata ni para el ómnibus. Esta vez sí quiero pasar navidad con los viejos, ¿manyas?". "Ni idea", dijimos al unísono. Él dijo "¡Ya, qué chucha!", se acomodó la radio entre las manos y lo vimos alejarse apurado y sin despedirse.
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El Dr. G. sugirió entonces ir a comer unas papas rellenas. No le contradije, así que caminamos las cuatro cuadras que nos separaban del kiosko de José (las probé en más de una ocasión, a decir verdad, y siempre supieron muy rico; lo que sí, siempre tuve no sé qué resquemor al verlas manipuladas, crudas y enharinadas, en las tan poco femeninas manos de José, como si en algún momento de mi distracción sus uñas largas y cuidadas se fueran a incrustar subrepticiamente en las papas, echándolas a perder). Esa vez, al llegar, G. saludó a José y le pidió para él dos papas. Yo decliné.
El Dr. G. sugirió entonces ir a comer unas papas rellenas. No le contradije, así que caminamos las cuatro cuadras que nos separaban del kiosko de José (las probé en más de una ocasión, a decir verdad, y siempre supieron muy rico; lo que sí, siempre tuve no sé qué resquemor al verlas manipuladas, crudas y enharinadas, en las tan poco femeninas manos de José, como si en algún momento de mi distracción sus uñas largas y cuidadas se fueran a incrustar subrepticiamente en las papas, echándolas a perder). Esa vez, al llegar, G. saludó a José y le pidió para él dos papas. Yo decliné.
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"¿Y por qué estamos hoy sin música, José?", dijo G. "¡Ay, Mario!... ¿y cómo te has dado cuenta?", dijo José con su voz afeminada. G. le contestó, echándome una mirada, "Es que no veo tu radio, compadre, ¿dónde está tu radio? ¿es que no la has traido hoy?...". José echó un larguísimo suspiro y miró a algún punto distante del aire. "No. No la traje hoy, Mario. Ahí debe estar, en la casa, seguro...". G. bufó y me echó otra mirada cómplice y engullendo un gran trozo de papa rellena con cebolla me empujó con el hombro hacia el borde de la banca donde estábamos sentados "Es la Navidad, Carlitos, ¡es la Navidad...!, ¡Ho, ho, ho!".
(Entonces, no sé bien por qué, deseé fervientemente que esa vez Guayulipi sí llegara...)
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(A pedido de El Papi, del cuaderno de autógrafos de 'El Metrónomo', 1972)
23 diciembre, 2007
De Cómo El Grinch Se Robó La Navidad...
"Es de eso de lo que se trata todo, ah? Así siempre ha sido todo, ¿no es verdad? ¡regalos, regalos, regalos, regalos...! ¿Quieren sabe qué es lo que pasa con sus regalos? ¡Ja! ¡Todos regresan a mí!"..
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Para Tita, Tata, Juan Diego, Glory, Carlita, Gabrielita, Vane-Bu, Juan Manuelazo, Vale-Va, Marrriana, Vivi Lucía, Santiagazo, Lucas, Diego Alonso y Ródrich, el tío Carlitts en versión Grinch.
19 diciembre, 2007
El Regalo Prometido, Carta Abierta II

Querido Amigo Secreto del 2008:
Como quiera que aquí en la oficina el voto singular que permanentemente se opone a aquel jueguito absurdo del Amigo Secreto es el mío, sospecho que el próximo año también tendré tu nombre en el consabido papelito doblado en cuatro que guardo celosamente en la billetera en las semanas previas a la Navidad, por lo que creo te debo una explicación a que el año que viene -de no progresar una vez más mi perpetuamente fallida oposición democrática- petardearé a como dé lugar ese juego en la oficina. Antes que nada, debo explicarte, querido Amigo Secreto, que mi negativa a participar en dicho juego no se origina ni en la misantropía, el desgano, la tacañería ni en la depresión pre fiestas, sino que invoca la razón de ser de mi formación económica, la cual me impele a optimizar la asignación de los recursos, siempre escasos. Es más, considerando el tema de las probabilidades, sé que eres Amigo y no Amiga puesto que tu rango probabilístico a estas alturas anda por encima del 87% y que es muchísmo menor la chance atada de que seas mujer, ya que en los últimos años las tres chicas de la oficina me han tocado sucesivamente. Entonces, para escoger tu regalo es preciso no desentonar y ponerme en tus preferencias; lo segundo acaso sea mostrarme espléndido sin parecer pretencioso. Me he fijado que el regalo no va a poder ser de aquellos que se llaman íntimos (o sea, quedan descartados de arranque los calzoncillones, las camisetas y los bividís), de los que son incuestionablemente misios (los polos dos por uno de Saga, las chaplas con dibujitos, los clogs de diez lucas el par, tres CD's bamba), de los peruanísimos (los tableros de ajedrez inca, los polos con leyenda '¡Te Amo, Perú!', los vasos con borde de plata, las botellas de pisco), de los radicalmente gronchos (los perritos que menean la cabeza, un par de medias guindas, los ventiladores de carro, los mouse pad de Macchu Picchu), de los innegablemente inútiles (un juego de luces de árbol de navidad, una pluma de tinta líquida, un mug para el café con logo de la oficina, un nacimiento, una linterna flexible para leer en la oscuridad, un chullo), de los metrosexuales (una crema para el rostro, un frasco de bloqueador de sol, unos lentes fashion, un libro de recetas de martinis, un incensario de sándalo, un libro de Isabel Allende), de los salgo-del-paso-como-sea (un estuche de cortauñas, herramientas de parrilla, un frasco de perfume Adidas, un libro de chistes de Mario Poggi, unos largavistas) ni de los dramáticamente caros pero que me harían quedar como las propias rosas (un Ipod Nano, una Palm en cualquiera de sus formas, una navaja Victorinox con cuchumil gadgets, un reloj waterproof). Finalmente, tendría que escoger entre los que sí podrían ser siempre que el precio sea el adecuado como por ejemplo, una afeitadora portátil, una brújula de metal, un polo o una gorra de marca con descuento, dos CD o un DVD originales o, ya de perdis, unos buenos auriculares. El quid está en encontrar algo de esto último pues, aunque no lo parezca, es una verdadera chambaza querido Amigo Secreto, por lo que además que el año que viene -si es que después de todo no logro impedir el obcecado jueguito- prometo no llamar a nadie a pedir consejo acerca de tu regalo, ya que he verificado que ante tal pedido la pregunta siempre es ' Pero ¿qué crees tú que le pueda gustar a tu Amigo Secreto?, a ver...' (o sea... ¡si lo supiera no pido ayuda, pues!). ¿Ahora entiendes, Amigo Secreto, que no es placentero para mí perder íntegras dos mañanas y dos tardes completas de trabajo (pese a que decir de trabajo sea un perfecto decir) buscando entre tanta chuchería un regalito que cumpla con todos los requisitos descritos? Cansa terriblemente ¿me entiendes...? Como fuere, a mi pesar y a punto de una monumental rabieta debo dejarte ya pues voy corriendo a Larco con Shell a ver si a esta hora aún encuentro algún ambulante, ya que me olvidé comprar la tarjetita de ésas de tres por un Sol sobre la que escribiré esmeradamente y con buena caligrafía 'Con Todo Cariño, De Carlos Para Su Amigo Secreto de Este Año'.
Recibe, entonces, un abrazo que te dure hasta la siguiente Navidad.
Como quiera que aquí en la oficina el voto singular que permanentemente se opone a aquel jueguito absurdo del Amigo Secreto es el mío, sospecho que el próximo año también tendré tu nombre en el consabido papelito doblado en cuatro que guardo celosamente en la billetera en las semanas previas a la Navidad, por lo que creo te debo una explicación a que el año que viene -de no progresar una vez más mi perpetuamente fallida oposición democrática- petardearé a como dé lugar ese juego en la oficina. Antes que nada, debo explicarte, querido Amigo Secreto, que mi negativa a participar en dicho juego no se origina ni en la misantropía, el desgano, la tacañería ni en la depresión pre fiestas, sino que invoca la razón de ser de mi formación económica, la cual me impele a optimizar la asignación de los recursos, siempre escasos. Es más, considerando el tema de las probabilidades, sé que eres Amigo y no Amiga puesto que tu rango probabilístico a estas alturas anda por encima del 87% y que es muchísmo menor la chance atada de que seas mujer, ya que en los últimos años las tres chicas de la oficina me han tocado sucesivamente. Entonces, para escoger tu regalo es preciso no desentonar y ponerme en tus preferencias; lo segundo acaso sea mostrarme espléndido sin parecer pretencioso. Me he fijado que el regalo no va a poder ser de aquellos que se llaman íntimos (o sea, quedan descartados de arranque los calzoncillones, las camisetas y los bividís), de los que son incuestionablemente misios (los polos dos por uno de Saga, las chaplas con dibujitos, los clogs de diez lucas el par, tres CD's bamba), de los peruanísimos (los tableros de ajedrez inca, los polos con leyenda '¡Te Amo, Perú!', los vasos con borde de plata, las botellas de pisco), de los radicalmente gronchos (los perritos que menean la cabeza, un par de medias guindas, los ventiladores de carro, los mouse pad de Macchu Picchu), de los innegablemente inútiles (un juego de luces de árbol de navidad, una pluma de tinta líquida, un mug para el café con logo de la oficina, un nacimiento, una linterna flexible para leer en la oscuridad, un chullo), de los metrosexuales (una crema para el rostro, un frasco de bloqueador de sol, unos lentes fashion, un libro de recetas de martinis, un incensario de sándalo, un libro de Isabel Allende), de los salgo-del-paso-como-sea (un estuche de cortauñas, herramientas de parrilla, un frasco de perfume Adidas, un libro de chistes de Mario Poggi, unos largavistas) ni de los dramáticamente caros pero que me harían quedar como las propias rosas (un Ipod Nano, una Palm en cualquiera de sus formas, una navaja Victorinox con cuchumil gadgets, un reloj waterproof). Finalmente, tendría que escoger entre los que sí podrían ser siempre que el precio sea el adecuado como por ejemplo, una afeitadora portátil, una brújula de metal, un polo o una gorra de marca con descuento, dos CD o un DVD originales o, ya de perdis, unos buenos auriculares. El quid está en encontrar algo de esto último pues, aunque no lo parezca, es una verdadera chambaza querido Amigo Secreto, por lo que además que el año que viene -si es que después de todo no logro impedir el obcecado jueguito- prometo no llamar a nadie a pedir consejo acerca de tu regalo, ya que he verificado que ante tal pedido la pregunta siempre es ' Pero ¿qué crees tú que le pueda gustar a tu Amigo Secreto?, a ver...' (o sea... ¡si lo supiera no pido ayuda, pues!). ¿Ahora entiendes, Amigo Secreto, que no es placentero para mí perder íntegras dos mañanas y dos tardes completas de trabajo (pese a que decir de trabajo sea un perfecto decir) buscando entre tanta chuchería un regalito que cumpla con todos los requisitos descritos? Cansa terriblemente ¿me entiendes...? Como fuere, a mi pesar y a punto de una monumental rabieta debo dejarte ya pues voy corriendo a Larco con Shell a ver si a esta hora aún encuentro algún ambulante, ya que me olvidé comprar la tarjetita de ésas de tres por un Sol sobre la que escribiré esmeradamente y con buena caligrafía 'Con Todo Cariño, De Carlos Para Su Amigo Secreto de Este Año'.
Recibe, entonces, un abrazo que te dure hasta la siguiente Navidad.
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Tu Amigo Secreto,
Tu Amigo Secreto,
Charles.
P.S.: ¡'Chessss...! casi me olvido: ¿conoces a alguien que sepa envolver regalos?
Mánachment
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Algunos hasta podrían decir que soy más vago que las arañas, que están siempre allá arribita, colgadas de sus telas y esperando que la comida caiga en la trampa. Lo cierto es que soy más derecho que cola de chancho y me hace más feliz que perro con dos colas incursionar en la redacción de temas administrativos de modo de ir aprovechando no sólo los conocimientos adquiridos en este largo aprendizaje laboral, sino también de complementarlos con el manejo de algunas frases que han ganado su lugar en nuestra habla cotidiana con data más vieja que el hilo negro.
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Pongo ante sus ojos lo desarrollado hasta la fecha, un breve fragmento del capítulo tercero del artículo que estoy escribiendo a la fecha para la revista 'Leadership' titulado 'Chambear Es Más Fácil Que La Tabla Del Uno', guía destinada a toda persona que piense que trabajar es tan malo que a uno hasta le pagan por hacerlo. Advertencia: si por razones de formación profesional la lectura de este texto hiciera que el lector esté más perdido que maricón en shower, descuiden, como consuelo bastará saber que habrá quienes consideren también que esta lectura resultará ser tanto o más aburrida que chupar un clavo o bailar con la hermana. Sé que la intención de decir cosas que a uno le hagan quedar bien con todo el mundo es más antigua que cagar sentado, pero creo que algunas de mis sugerencias son más buenas que el pan francés (dicho sea de paso, ello aplicaría mejor a las cholonas que a veces alude mi amigo El Goldo, como por ejemplo aquella que era más blanca que teta de monja, fumaba más que puta presa y que -según Goldinho- consumía más huevo que sartén de chifa).
Capítulo III
Pa' Cojudos Los Bomberos & Los Que Aplauden En El Cine: ¿Es Tener Un Buen Sueldo Más Difícil Que Hacer Gárgaras de Talco?
Dice el adagio popular que nada es más tranquilo que ser guardián de morgue, salvo que uno sienta que le tocan la puerta desde adentro, lo que faculta a salir disparado corriendo más asustado que manco en camión sin barandas porque, eso sí, esa sensación debe ser más fea que comida de loco. Más aún, si uno tiene pocas luces (o sea, como que venga a ser más lento que tanque a pedal) puede que se le tarife con algo como aquello de ser más inútil que cenicero de moto, no obstante lo cual ello hasta podría ser superable si uno es aguantado como pedo de visita. Reglas de juego laborales, que les dicen. Hay que respetarlas por más que sean más pesadas que maletín de gasfitero. Un buen dato a considerar es que si el jefe -pese a tener más plata que los ladrones- fuera más duro que callo de chasqui con aquello de los emolumentos, no hay que asustarse como cucaracha en fiesta de cholos: lo más prudente sería esperar a que ocurra la primera celebración conmemorativa de la empresa, al menor descuido y cuando el interfecto ya esté -como consecuencia de los tragos- más movido que bola de cojo, hay que arrimársele y ponerse más laposo que marica pidiendo un beso, y ahí nomás sacarle el pago pretendido. Esta táctica puede ser más conocida que la ruda, pero a menos que el jefe sea más bravo que perro de chacra o más agarrado que vieja en moto, por lo regular funciona. ¡Ojo! a la hora de fijar la pretensión pecuniaria no hay que llegar a ninguno de estos extremos: ni mostrarse más huevón que los Teletubbies ni parecer más caro que querida rusa. Si se siguen estos preceptos fielmente, lo más probable es que todo vaya bien, que consiga un buen sueldo y acaben que los tiempos en que uno estaba más caído que teta de gitana. [Continuará...]
Quedo a la espera de sus comentarios.
Capítulo III
Pa' Cojudos Los Bomberos & Los Que Aplauden En El Cine: ¿Es Tener Un Buen Sueldo Más Difícil Que Hacer Gárgaras de Talco?
Dice el adagio popular que nada es más tranquilo que ser guardián de morgue, salvo que uno sienta que le tocan la puerta desde adentro, lo que faculta a salir disparado corriendo más asustado que manco en camión sin barandas porque, eso sí, esa sensación debe ser más fea que comida de loco. Más aún, si uno tiene pocas luces (o sea, como que venga a ser más lento que tanque a pedal) puede que se le tarife con algo como aquello de ser más inútil que cenicero de moto, no obstante lo cual ello hasta podría ser superable si uno es aguantado como pedo de visita. Reglas de juego laborales, que les dicen. Hay que respetarlas por más que sean más pesadas que maletín de gasfitero. Un buen dato a considerar es que si el jefe -pese a tener más plata que los ladrones- fuera más duro que callo de chasqui con aquello de los emolumentos, no hay que asustarse como cucaracha en fiesta de cholos: lo más prudente sería esperar a que ocurra la primera celebración conmemorativa de la empresa, al menor descuido y cuando el interfecto ya esté -como consecuencia de los tragos- más movido que bola de cojo, hay que arrimársele y ponerse más laposo que marica pidiendo un beso, y ahí nomás sacarle el pago pretendido. Esta táctica puede ser más conocida que la ruda, pero a menos que el jefe sea más bravo que perro de chacra o más agarrado que vieja en moto, por lo regular funciona. ¡Ojo! a la hora de fijar la pretensión pecuniaria no hay que llegar a ninguno de estos extremos: ni mostrarse más huevón que los Teletubbies ni parecer más caro que querida rusa. Si se siguen estos preceptos fielmente, lo más probable es que todo vaya bien, que consiga un buen sueldo y acaben que los tiempos en que uno estaba más caído que teta de gitana. [Continuará...]
Quedo a la espera de sus comentarios.
11 diciembre, 2007
Effio Strikes Again: Concurso de Cuento Juan Rulfo, 2007
Ayer 10 de Diciembre se divulgaron en París los resultados del Concurso Juan Rulfo de Cuento 2007. De entre 5,596 cuentos (yo envié cuatro cuentos, pero al parecer, no los consideraron ni entre los recibidos) 'Lecciones de Origami' de Augusto Effio Ordóñez resultó entre los catorce finalistas.
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Buen motivo para celebrar con un vino en la mano, Augusto, y de pasarella, anda autografiándome algunos cuantos ejemplares de 'Lecciones', así tengo siempre algunos a la mano pa' vender cuando seas (más) famoso.
Aclaratorio post scriptum: habiendo sido retado a duelo en la fecha (12.Dic) por el escritor Effio Ordóñez por publicar aquí una foto que no correspondía a su mejor perfil y más aún, con denigrante copa de vino en la mano, satisfago su requerimiento sustituyendo dicha imagen por una del Monumento al Escritor Desconocido (el cual se ubica sobre la plaza Constitución en la ciudad de San Cristóbal, provincia del Alto Ene, departamento de Santa Fe). Otrosí digo con aclaración muy válida: el cuento finalista del Concurso Juan Rulfo 2007 no es 'Lecciones De Origami' como consigno, sino un cuento inédito de Effio Ordóñez que tuvimos ocasión de compartir cuando fue gestado, hace unos meses.
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